Creo que ha llegado el momento en que el dolor no logra salir de mis entrañas quedando como un incómodo huésped que se alimenta de todo lo que consumo para consumirme a mí mismo.
Me he quedado en la oscuridad de una habitación vacía de lo demás. Sólo me tengo a mí y mi dolor que no falta mucho para desdibujar esa línea que nos diferencia uno del otro. Nos hacemos uno mismo.
Una serie de sentimientos comienza a surgir en forma de llamaradas de la misma flama. Juguetean adentro quemando todo lo que hay a su paso. Haciendo presencia de su marcha con un grito ensordecedor, chirriante. Me toco por todas partes como si quisiera tapar todo escape del sonido más sin embargo no me encuentro ningún orificio dándome cuenta que mis oídos se han vuelto a mis adentros, es decir, me escucho a mí mismo. A fuera de mí silencio y oscuridad, adentro de mí ausencia de silencio, ausencia cada tiempo que se pierde de mí.
Hace rato que dejé de ver. ¿De qué sirven unos ojos si no hay colores?
Hace rato que me perdí en mis sentimientos y pensamientos.
Hace rato que no me encuentro.
Hace tiempo... ¿tiempo?, que perdí el sentido y la orientación... ¿cuál?
Edgar González
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