Cada
vez que dudaba de lo que decías sólo te oía decirme: “Ah, ¿lo dudas?”, como una
gran culpa de mi parte y una ofensa hacia ti, recibiendo tu indignación
acompañada de tu silencio.
Pero
el día en que ese otro se hizo pasar por ti y te encontré luchando contra él,
ambos a punto de matarse uno al otro, estaba en mí la oportunidad de salvar a
uno; en ese momento no sabía quién era esa persona con la cual había decidido
compartir mi vida, con la que había intimidado mostrándole la construcción de
mis pensamientos, mis miedos, mis luchas, mis heridas y cicatrices: mi
personalidad y, sin dejar aparte como algo distinto de lo íntimo, mi erotismo y
mi sexualidad.
Quién
de las dos personas que tenía frente a mí, uno sujetando el brazo diestro del
otro alejando de su rostro su mano la cual apañaba una brillante navaja y con
la derecha tomaba por la muñeca ejerciendo fuerza en sentido contrario hacía sí
mismo para soltar de su cuello el antebrazo que lo asfixiaba, era ese ser al
que llamaba amor.
Me
encontraba abrumado, confuso, dolido, pero más que nada me invadió una agria
molestia por hacerme responsable de tomar una decisión no dirigida hacia mí.
Ambos
hablaban, no los escuchaba. En un momento, que pareció un parpadeo, me
encontraba con una pistola en mis manos, la sujeté tan fuerte como si fuese a
lo único que pudiese atenerme para no derrumbarme y que a su vez me tuviera
sujeto al tiempo como al hecho.
Dos
respiraciones profundas, la conciencia en el acto, cerrados los ojos, llevando
el fenómeno al pensamiento, vivía la relatividad: yo y dentro de mí iban rápido
en comparación al fondo, que era el exterior a mí marcado y limitado por mi
piel y que se extendía en dirección contraria a mí, figurando como las
direccionales de una rosa de viento o brújula, con sus puntas señalando hacia
el este u oeste, arriba o abajo, cuantas dimensiones haya, y esa única
dirección temporal transcurría lenta.
Comencé
a escuchar, miré fijamente esos dos cuerpos pasar de objetos a humanos, a ser
complejos. Elevé el arma apuntando objetivamente en medio de ambos, sin blanco
para la bala, para mi decisión.
Escuché
a uno decirme: “Mi amor, observa con atención, sé que tú puedes identificar al
verdadero. Te conozco de tiempo, confío en que, aunque estés dudando en quién
es el que te ama, el verdadero hombre con el que has compartido tu vida, sabrás
elegir correctamente”. Lo miré fijamente prestando atención en su mirada cuando
consecuentemente el otro dijo: “No lo dudes, hazlo. Mírame, soy yo. ¡Lo puedes
ver!”.
Mandé
la bala hacia el primero que habló y entrando directo al pecho cayó al suelo
dejando en rojo la huella de mi acto, de mi elección.
Él
corrió hacia mí abrazándome, me quedé quieto mirando el horizonte. “¿Cómo lo
supiste?”, me dijiste. Sin poder mirarte aún te lo expliqué. Me miraste con los
ojos húmedos y tu mirada confusa, tu rostro lucía helado, me soltaste.
Desde
ese momento hice lo posible por alejarme de ti cuanto antes. No olvidaré
aquellas palabras que te di como respuesta.
“Fue
fácil distinguir entre el extraño y con el que he vivido tanto tiempo. El
primero hará por conocerme tanto como pueda, hablará sobre mí e intentará
persuadirme apoyándose en mi persona. En cambio con el que he estado viviendo
este tiempo, a pesar de que me conoce y mejor que el otro, será tan egoísta que
se preocupará por sí mismo, recibiendo de él no palabras ni discursos sino el
mismo trato de tanto tiempo juntos”. Tu segunda pregunta fue por qué te dejaba,
sólo dije: “¿Y a este punto importaba poco la capacidad de dudar?”.
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