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Sobre "No supe dónde quedó" de Sebastián Ladeaki

 

Para Él, el Zorro

Estimado lector, antes de iniciar me gustaría hacerte una advertencia. Si tu único interés es encontrar un análisis literario de la obra, con pretensiones objetivas, simplemente para saber de qué va ésta sin querer viciarte de una perspectiva íntima, será mejor que sólo leas la primera parte de este escrito. De lo contrario, ya nos encontraremos en el final, simplemente.

 

1. La obra no supe dónde quedó es el tercer libro del escritor Sebastián Ladeaki, y la primera antología de cuentos -mas no sus primeros cuentos. Sospecho que el inicio en minúscula del título es un fragmento de una oración que se nos mantiene oculta, como si el escritor quisiera guardarse algo dicho o por decir. Aunque también se podría inferir que, con toda intención, esta incompletitud se deba a que el lector será quien desde su intimidad complete eso que falta para alcanzar la unidad oracional a partir de sus creencias o sentimientos. Este supuesto lo creo porque bien sabemos, quienes lo hemos leído a conciencia, que Ladeaki es un escritor versado en el uso de la metáfora y el símbolo. Nada se le escapa, ni ese texto que da identidad a su obra: el título; tampoco la imagen que lo acompaña. Bastará mencionar que las dos novelas anteriores y esta antología llevan por portada una fotografía de él. Como bien ya había mencionado en otro escrito[1], me parece que estas imágenes reflejan la antesala al hogar donde habitan sus personajes y las historias que éstos entretejen[2]. En ese sentido, cabría interpretar “¡Nos vemos en el drenaje!”; qué apetecible invitación. Y para ya dejar esta parte introductoria y dejarnos ir pon un tubo hacia esa oscuridad que contiene quién sabe qué, el color[3] del libro me trae a la mente esa imagen de It cuando Bervery Marsh está en el baño y por el drenaje del lavamanos brota un chorro que lo tiñe todo de rojo: la sangre de los asesinados por Pennywise. Pero la sangre no roja siempre a sido asociada a esa estirpe no humana, y el violeta ha significado tristeza por un lado, y por otro, transmutación.

Con respecto al contenido de la obra, encontraremos 11 cuentos que van desde el microcuento hasta el cuento largo o novela corta. Este hecho me resulta interesante, porque bien sabemos que la extensión narrativa es arbitraria; en cambio, mientras leía los cuentos no dejaba de preguntarme qué debía decirse más y qué menos. Supongo que, más allá de que el tema o el escritor sean quienes determinan hasta dónde hay que decir, el tiempo narrativo es el determinante último en esta obra: se percibe un contratiempo, la agonía de los segundos que transcurren en esa carrera por concluir, y al final, caes desfallecido en el momento justo para ser salvado. ¿De qué? De la podredumbre de la sociedad, principalmente mexicana. Este elemento ya lo habíamos leído en sus dos novelas anteriores, esa crítica social a hacernos “de la vista gorda” ante las acciones que normalizan nuestra vida actual y que todos callamos o guardamos en secreto: violencia, suciedad, banalidad, superficialidad y muerte. Temas que son narrados con maestría realista, aunque esos hechos afortunadamente son mera ficción. Aplaudimos al dominio de los lenguajes que dan identidad a los personajes, al guiño cómico de ciertas acciones o frases, a la construcción de rompecabezas de las historias, al desgarramiento de estereotipos y a la diversidad temática; por lo que agradezco poder aplaudir al final de cada cuento para despertar de ese sueño inducido por el escritor, como dice Terry Eagleton, y volver a la calma.

 

2.  Me vi limitado a decir más sobre la obra en la anterior parte porque aún no puedo disociar la intimidad con que la leí. No puedo desapegarme de sentirme parte de las historias. Con esto me quedo yo, con este dolor y desazón de saber que es verdad todo. Eso que pasa a mi alrededor día tras día, y seguirá pasando. Tan así que me hace pensar dónde estoy con respecto a lo demás, ¿seré ese mediocre que sólo juzga?, ¿ese simplista ser que goza de banalidades?, ¿el próximo asesino o asesinado? Ciertamente me quedo con lo que me corresponde, porque leerlo no es un acto aniquilador, no, sino transgresor que da pie a la construcción.

Los cuentos que disfruté porque me sacaron una que otra risa o carcajada fueron “Periodo electoral”, “No supe dónde quedó” y ligeramente “Que quepan todos”. La banalidad de los hechos es del tipo “¡Y cómo puede estar pasando esto, dios!”. Inevitablemente todo me parece absurdo, desde la gorda que no entra en su vestido de novia (señal divina quizá de que no debe casarse: “Date cuenta amiga”), hasta el niño descuidado que me desconcierta por su indiferencia ante sus padres que ven con normalidad la infidelidad y él lo guarda con ventaja. Y de este niño que se va a los baldíos con tintes de explorador se puede decir más. Aunque no sé si ante esto sea mejor pertenecer a un grupo donde todos fingimos caernos bien para solo sentirnos parte de algo. Bueno, supongo que eso es más común de lo que creo, porque sí, a nadie nos gusta estar sólo.

Los cuentos “Albercada” y “El monstruo amarillo” me encantaron por el toque fantasmagórico. Plantear la cercanía a ese otro mundo que forma parte de nosotros y que no es que esté después o más allá a este “real”, me hace tener presente que hay otras formas de comunicarnos. Y no solo eso, sino que es mejor estar en paz y tranquilidad con la vida, y en ese sentido con los demás. Porque de lo contrario quién sabe qué pendientes nos aten en un continuo o ciclo interminable, mientras pagamos lo que nos cobramos caro.

“La graduación de Sofía” y “Liquidación total para un día nublado” me gustaron por su trabajo metafórico y porque su narración es de lo más experimental. Supongo que algo tiene de relación su extensión breve. Por ejemplo, con el primero, si bien fue inevitable asociarlo con mi experiencia de un familiar que cruzó hacia el Otro Lado en condiciones críticas, la forma de narrar del personaje me resulta tan fantástico como una alegoría. Cosa que sucede también con el segundo que en ningún momento se nos dice quién es, aunque paradójicamente todo lo que hace determina quien es, como le sucede al sujeto que se vuelve un alguien en particular por estar ahí trepando una malla hasta que salta y todo termina sin importar nada más. Me recuerda mucho al personaje y final de El péndulo de Poe.

Los que sin duda me volaron la cabeza por la genialidad composicional de las historias son “Malva” y “El error de conocerte”. Y vuelvo a sospechar que algo tiene que ver la extensión, porque estos son los más largos. En ellos vemos con esplendor que la historia es un rompecabezas. Esto me demandó lo mejor que tengo para saber interpretar textos; y fue un trabajo arduo. Por momentos me sentí un detective en busca de las pistas o de la clave para resolver el misterio. Esto también los hace increíble: los cuentos se envuelven en una atmósfera de neblina y oscuridad, muy del tipo Silent Hill, y a mí me encantan los juegos de survival horror. También quiero compartir que fueron los que más me dolieron porque el primero me recordó una vivencia con una persona que bien pudo ser como el protagonista: un asesino apasionado; y el segundo, nada distante. Francamente, también me dolió porque me identifiqué con ese asesino; sí, he sido un asesino silencioso que ha matado de forma simbólica a tantas personas, y eso no es un crimen del que se encarga la jurisdicción terrenal. Nuestras obsesiones amorosas, desmedidas, nos pueden llevar a cometer ese crimen pasional del que nunca se sale bien librado porque en el mejor de los casos, uno se queda sin nadie que desee estar con nosotros, y claro, eso tiene muchísimo sentido.

Ya que estoy en ese acto de desnudez, confieso que los cuentos que más me dolieron fueron “Ritual de playa” y “Mi nombre en tu agenda”, los más cortos de esta antología. No fueron necesarias tantas palabras para arrancarme el alma. Hace tiempo tuve un sueño en donde me encontraba justamente en la playa. Caminaba por la arena mientras el mar a un costado dejaba marcadas las ondas húmedas en el suelo. Era el atardecer y Él me acompañaba. En el sueño, como cuando leía el cuento, me encontraba desesperanzado y triste, hasta que en un instante escuché un sí que lo cambió todo, como no dudo que fue ese momento en el cual el personaje del cuento está con esa persona a solas, ellos dos únicamente, tomados de la mano. Como también lo desea el protagonista que espera la hora marcada en la agenda con su nombre, para ese encuentro de almas. Sin embargo, ni uno de los dos protagonistas, ni yo, fuimos lo suficiente y necesario para el ser amado que no nos mira y se va. Y es fácil cuando se ama, caminar la playa todas las tardes, aunque ya sepamos que no hay más, no lo habrá. Como bien lo supo Andrés -personaje de Pedí que no los dejaran pasar y mi alter ego- aquella tarde en las playas de Chapala. Las palabras de “Mi nombre en tu agenda” fácil pudieron haber sido aquellas no dichas para él, Andrés, por un tal Michel. Líneas que jamás veré principiadas por mi nombre como destinatario o como dedicatoria. En cambio, las veo surgir en nombre de otros que el mar ha devorado y yo sigo aquí sentado sobre la orilla del acantilado, pensando si es mejor cruzar ya de una vez el delgado camino que se abre entre la noche.

 

Ricardo Ibarra
GDL/21.03.21



[1] Ibarra, R. (2019). “Pedí que no los dejaran pasar” de Sebastián Ladeaki. https://filia-eros.blogspot.com/2019/03/pedi-que-no-los-dejaran-pasar-de.html

[2] Sebastián también es fotógrafo. En una de sus obras, La casa, de prisiones a sombrosas, vemos a varios personajes habitando al desnudo una casa -eso lo podemos inferir por los escenarios-, en la cual dejan ver “a puerta abierta” sus más cuestionables actos.

[3] El fotógrafo no puede ignorar cómo se ven las cosas tras un lente. Ahora, si recordamos que este artista es fotógrafo y escritor, poca duda cabe de sus conocimientos semióticos. Algo bien deja esta dupla de artes, pensemos en Rulfo.

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