Ir al contenido principal

"Pedí que no los dejaran pasar" de Sebastián Ladeaki


Se suele decir entre los lectores de hueso colorado, que una obra entre más corta, más compleja de comprender. Porque no siempre se necesitan de extensiones largas para ser suficientemente narrativo, sino unas cuantas palabras que digan lo necesario; como por ejemplo 104 páginas. Por ello, con atrevimiento, puedo decir que Pedí que no los dejaran pasar es una obra que ya en su portada nos demanda una capacidad interpretativa de comprensión, pero que en sus tonos sombríos nos preludia un sensacionalismo -no en su empleo periodístico- insalvable.

Los que conozcan (contemporáneos y futuros) la obra artística de Sebastián Ladeaki, no podrán disociar su excelsa capacidad creativa para siempre provocar una experiencia estética al foráneo del medio artístico. Ya sea a través de la técnica, el estilo o el contenido, o en su conjunto como unidad, el artista logra provocar al esteta, en un acto volitivo, libre, a Sujetar-se a la obra para encarnar una de las capacidades humanas más violentadas por el racionamiento extremo que ha derivado en su olvido: la sensación emotiva. A partir de este acto, que en parte es dialógico y reconstructivo, Ladeaki no sólo nos evoca el condicionamiento, que como fuerza ejercida siempre es violenta, sino también el artificio de la auto-condición humana.

En su primera novela, Sebastián nos perfila claros personajes de la vida común. Personajes personificables en escenarios que nos llevan a un punto de comunidad, de encuentro, para que uno como lector desde el otro lado, tome voz y anonimato para encarar una realidad ficcionada, no sólo narrativamente, sino vivida. Quizá esto sea esencial para comprender la forma en la cual uno es evidenciado, y conforme vamos leyendo, nos despojamos de todo aquello que nos enmascara y trans-forma para quedarnos al desnudo.

Curiosamente, a pesar de que el desnudo sea inherente de todo ser humano desde el nacimiento, es una realidad censurada, callada.  Lo que probablemente nos ha llevado a mentir para ocultar, y que Sebastián evidencia en un Alonso Michel -protagonista de la novela- tan vívido en buscar cómo excusarse de lo que es latente o de esa “presencia sobrehumana”: “…sin comprender que al notarla desenmascaraba mis mentiras, que fingí al hacerle creer que me costó mucho trabajo abrir una vez más la puerta, porque fueron muchas las veces que escapé a encerrarme en esa oscuridad…”.

Pedí que no los dejaran pasar es, además, mil y una imagen que recorre el siglo XX y XXI, con sus aguas azules (quizá lloradas) que bañan a los cerros que circundan el lago de Chapala. O una Guadalajara donde otro Chapultepec se tiende a lo largo con sus azulejos a tonos sombríos: hogar de un Alonso Michel que nos invita con un café en El rincón del sombrerero (¿el que estaba loco?) a contarnos una llana y vil mentira. Acá, del otro lado de otra gran ciudad, donde también importantes cosas acaecen, como el papaloteo de las letras de un prometedor joven escritor.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Prematura

Renuncio hoy A las palabras En verso en prosa, De tinta, sonoras, callas Alguna vez dedicadas.             Porque Venidas a menos, Vacías y olvidadas No tienen nada por decir Ni nada por hacer. Balbuceos sucios, Engañosos y ofensivos Del genuino infante, primerizo En nombrar al mundo apenas visto             Porque Las palabras vacías no son más Que anhelos del ignorante, Infante o amante, Que asfixian y duelen. Acaso estas mienten El último aliento Que a medias tintas anuncia La muerte prematura Del poeta que no soy. Que no fui.

Solo

Sombra oculta indefinida estoy nadie me nombra. Oscura visto el lienzo mortifero sabor a nada. Libre me dicen apenas me desean ruegan me vaya. Olor a muerte sé no ser bienvenida al anochecer.

Te dejé

Cada vez que dudaba de lo que decías sólo te oía decirme: “Ah, ¿lo dudas?”, como una gran culpa de mi parte y una ofensa hac ia ti, recibiendo tu indignación acompañada de tu silencio.   Pero el día en que ese otro se hizo pasar por ti y te encontré luchando contra él, ambos a punto de matarse uno al otro, estaba en mí la oportunidad de salvar a uno; en ese momento no sabía quién era esa persona con la cual había decidido compartir mi vida, con la que había intimidado mostrándole la construcción de mis pensamientos, mis miedos, mis luchas, mis heridas y cicatrices: mi personalidad y, sin dejar aparte como algo distinto de lo íntimo, mi erotismo y mi sexualidad. Quién de las dos personas que tenía frente a mí, uno sujetando el brazo diestro del otro alejando de su rostro su mano la cual apañaba una brillante navaja y con la derecha tomaba por la muñeca ejerciendo fuerza en sentido contrario hacía sí mismo para soltar de su cuello el antebrazo que lo asfixiaba, era ese ...