Ya no anda el agua como antes. Su rostro de espejo se mira grumoso. No tenía que haber lanzado tantas piedras, ni haberle contado tanto. Quizá fue eso. Lo asusté. Tanto que ni ruido hace. No puedo pensar en él cuando la gente dice que si el río suena es... Creo que intenta ser sigiloso, hasta mudo, solo para que un día cuando me vaya no pueda regresar. Ni por tanta agua que le dí. Si ya le había advertido que la mía era salada, que no podía ser dulce porque no habían alegrías. Ay, mi riachuelo, vuelve a cantar vivaz, ya no diré nada, ni te daré más. Al cabo, las piedras se han acabado, y yo, me he cansado.